El alcoholismo de mi esposo empezó a agravarse después de la muerte de su madre. Una noche, al volver a casa después de estar en casa de los vecinos, le costaba tanto caminar que incluso le resultaba difícil mantenerse en pie. Allí estaba, encorvado, agarrándose al marco de la puerta. Cuando me miró, me sentí abrumada por lo que vi en sus ojos. Vi una mezcla desgarradora de dolor, confusión y miedo. Parecía completamente perdido, como si hubiera entrado en un mundo que él mismo no entendía.

Cuando él bebía, yo no veía sus emociones, si es que había alguna. Pero en ese momento único y devastador, vi cuánto sufría. El maltrato de la enfermedad había quedado al descubierto, y también su manera de transformar al hombre que amaba. En sus ojos, vi tanto la presencia de mi esposo como el implacable control del alcoholismo, un control que creo que él deseaba romper desesperadamente.

Ese momento de comprensión, en el que entendí que la enfermedad no era verdaderamente la persona, fue un punto de giro para mí. Me inundó la compasión. Después de ese momento, me esforcé mucho para desprenderme con amor. Hasta ese momento, había practicado el desprendimiento, pero debo admitir que había hecho gran parte de mi desprendimiento con indiferencia. Me había vuelto algo insensible al alcoholismo y al caos que había causado. Me volví más amable y considerada. Empecé a tratarlo con la misma dignidad y respeto que había aprendido en las reuniones de Al‑Anon. Este cambio en mi actitud y comportamiento me ayudó a apoyar el camino de mi esposo hacia la sobriedad.

Por Beth K.

The Forum, agosto de 2025

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