Llegué a estar dispuesta a entregarme

No me daba cuenta de lo profundamente afectada que estaba por el alcoholismo hasta que fui a Al‑Anon. Cuando estuve viviendo en medio del alcoholismo y a su alrededor, simplemente me convertí en parte de este y llegué a ser experta en mi propio papel. ¿Mi papel? ¡Arreglémoslo antes de que alguien se entere! El problema era que nada quedaba arreglado. Mi frustración y mi resentimiento se encubrían con la negación y la determinación, y mi necesidad de controlar los recalcaba.

Una de las primeras cosas que aprendí en Al‑Anon fue que era incapaz, y definitivamente el alcohólico me controlaba. Después de meses de luchar con el Primer Paso, finalmente acepté lo ingobernable que mi vida se había vuelto. Cuando finalmente admití que era incapaz y que mi vida se había vuelto ingobernable, lo que surgió fue una sensación de libertad. Ya no me sentía responsable del alcohólico.

No fue sino hasta entonces que me di cuenta no solo de que era muy obstinada, sino también de que me había vuelto muy terca. ¿Yo, entregarme? De ninguna manera iba a darme por vencida, porque eso significaría que había fracasado. ¡Prefiero morir luchando!

Ahora puedo reírme de eso, porque mi viaje se convirtió en una batalla interminable de soltar las riendas y tomarlas de vuelta. Cuando finalmente me entregué, no sólo ante el hecho de ser incapaz, sino al programa de Al‑Anon y a mi Poder Superior, la vida se me hizo mucho más fácil.

La libertad que surgió me dio la capacidad de soltar las riendas finalmente de lo que yo no era responsable y de seguir adelante hacia una vida que me permitiera descubrir quién era yo. Mi pasado ya no dicta quién soy, pero dejo que este forme parte de la persona en quien me estoy convirtiendo.

Hoy, todo lo que soy o lo que espero ser se lo debo al Dios de mi entendimiento. Él obra mediante Al‑Anon y todas aquellas personas que Él pone en mi vida. Poco a poco les entrego a los alcohólicos en mi vida su dignidad y el derecho a vivir como ellos elijan. Estoy aprendiendo a respetar sus sentimientos, sus derechos y sus decisiones junto con las mías. Hoy creo que Dios tiene un plan para cada uno de nosotros, y nadie tiene el derecho de interferir, ¡mucho menos yo!

Anne F. – Ontario, Canadá
The Forum, junio de 2017

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