Le pedí a Dios que guiara mis palabras

Una de las innumerables destrezas nuevas que comencé a aprender cuando llegué a Al‑Anon fue manejar mis expectativas. Mi necesidad de mejorar en este aspecto era especialmente evidente cada vez que anticipaba una visita a mi hijo alcohólico, quien vive en otra parte del país. De antemano, elaboraba la visita en mi mente, imaginando a nuestros familiares riendo juntos, haciendo cosas divertidas, hablando calmada y cariñosamente de nuestras vidas.

Pero nunca fue así. La conversación se ponía tensa constantemente. Era difícil encontrar temas seguros. Nuestro hijo parecía que no le gustaba hablar mucho de su trabajo, de su vida social, de si estaba practicando su programa ni de ninguna otra cosa. Particularmente no le interesaba hacer ninguna de las cosas que yo pensaba que serían divertidas. Mis prometedoras expectativas no guardaban absolutamente ningún parecido con lo que realmente sucedía.

Consecuentemente, estas visitas me dejaron sintiéndome herida, decepcionada, frustrada, triste, arrepentida, desesperanzada e incluso un poco enojada. Definitivamente tenía que poner la cabeza en un mejor lugar.

Con la guía de mi Madrina, comencé a estudiar la literatura de Al‑Anon sobre el tema de las expectativas. Pronto descubrí que hay una estrecha relación entre mis expectativas y mi nivel de aceptación ―o de falta de esta― con respecto a las circunstancias de mi vida. Mis expectativas eran poco realistas porque no había aceptado realmente las realidades de la vida de mi hijo y el impacto de estas en la mía. Simplemente estaba haciéndome de la vista gorda en cuanto a lo que realmente eran las cosas ―sin negación, pero tampoco sin aceptación total―.

En preparación para la visita más reciente, me dediqué de lleno a estudiar, a orar y reflexionar, a escribir en mi diario, y asumí el compromiso de buscar constantemente la guía de mi Poder Superior. Le pedí a Dios que me guiara en cada palabra que yo decía y en todo lo que hacía. Aunque esperaba que la visita por lo menos fuera amistosa y agradable, ya no tenía en la mente esas esplendorosas imágenes que no se basaban en la realidad.

La visita resultó mejor que todas las anteriores, y luego me sentí un poco en paz. Se habían dado momentos de verdadera conexión y otros períodos en los que cada uno de nosotros simplemente seguía nuestro propio camino, cediéndonos bastante espacio el uno al otro. Me relajé y no traté de forzar las cosas en un molde que nunca encajaría en nuestra vida. Espero que las visitas futuras sean aún mejores, pero estoy agradecida de haber aprendido una nueva forma de hacerle frente a mis expectativas, la cual puedo aplicar en todos los aspectos de mi vida.

Anónimo
The Forum – junio de 2017

2017-08-25T16:22:47+00:00 septiembre 18, 2017|Categories: Para hijos alcohólicos|0 Comments

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