El dilema del matrimonio con un alcohólico

¿QUÉ SON ESTAS FORMAS
DE COMUNICARSE ENTRE USTEDES?

La calidad de las relaciones humanas depende en gran medida de la forma en que nos comunicamos, no sólo de lo que decimos, sino también de la forma en que lo decimos; no sólo de lo que hacemos, sino de los motivos para hacerlo. El tono de voz y hasta nuestras más pequeñas acciones son elementos de la comunicación; y muy pocos somos conscientes de eso.

Cuando los cónyuges están unidos por un lazo de amor, respeto mutuo y el deseo de complacer y confortar, la comunicación cae naturalmente en patrones que expresan estos sentimientos y le da tanto al esposo como a la esposa, confianza mutua y una sensación de seguridad y dependencia recíproca.

Cuando la dependencia desequilibrada o el recelo, la hostilidad, las excesivas exigencias y las expectativas distorsionan una relación, estos defectos se manifiestan en la forma en que los cónyuges se comunican entre sí.

Si un hombre se casa con una mujer porque lo atrajo su cálido instinto maternal (como lo hacen muchos alcohólicos) es probable que sea él el dependiente, y que ella, que se sintió atraída por él, se transforme en cabeza de familia a causa de su deseo inconsciente de servirle de madre a alguien. Puede ocurrir que la mujer en un futuro lamente el hecho de haber fracasado en su papel de jefe de familia, sin darse cuenta de que fue ella quien tomó las riendas y manejó toda la situación. Así, mientras dirige al esposo, los hijos, la casa y las
finanzas, se siente invadida de compasión por sí misma debido a la gran carga que tiene que llevar.

Si él se mantiene bebiendo todavía, la constante actitud protectora de su mujer le facilita abstenerse de pedir ayuda. Nada lo incentiva a lograr la sobriedad. Ella está convencida de que hace todo lo que puede por él. No ha aprendido, como lo haría en Al‑Anon, que lo único que se logra con protegerlo de las consecuencias de la bebida es prolongar su avance.

Cuando está ebrio, su reacción es reprocharle su comportamiento, y ese es el peor momento para intentar comunicarse con él. De hecho, esto no puede hacerse sin provocar una guerra familiar.

La situación no mejorará hasta que ella se dé cuenta del problema que existe con su propia actitud y de la forma en que ella debe cambiar para que él se vea forzado a enfrentar sus responsabilidades.

Si un hombre se casara con una mujer porque es tímida, vergonzosa y sumisa, inconscientemente escogería a una esposa que satisficiese su necesidad de dominar. Si resulta que ella es alcohólica, la tendrá bajo la dependencia que él quiere, no importa lo desesperado que se sienta en pensar que la quiere sobria. Él también encubrirá su alcoholismo, la protegerá del escándalo público y asumirá todas las responsabilidades que deberían corresponderle a ella.

Las relaciones deformes como esta se encuentran a menudo en matrimonios de personas alcohólicas, y las mismas conducen inevitablemente a que se elimine la comunicación que es vital para un buen matrimonio.

Podemos lograr que la comunicación verbal sea eficaz si siempre tenemos presente el hecho de que el alcohólico es un enfermo que padece una enfermedad por la cual es injusto culparlo o castigarlo, pero se le debe hacer saber, en el momento oportuno y sin ira ni
reproches, lo que ha hecho y lo que está haciendo.

La siguiente sugerencia de un miembro de A.A. ha tenido éxito en muchos casos:

Puede ser que al alcohólico le den lagunas mentales. Aparentemente se desenvuelve bien, pero casi siempre se le olvida lo que hizo o lo que dijo. Sospecha que en efecto algo ocurrió, y su ansiedad y su profundo sentido de culpa son casi insoportables. Si uno le tiene lástima, sentirá que es injusto torturarlo diciéndole a lo que lo condujo su alcoholismo. Sin embargo, es más benigno y constructivo tranquilizarle su mente y decirle con franqueza lo que necesita saber. Tiene derecho a saber lo que la bebida le está causando. Si lo enfrentamos sin ira y sin reproches y le decimos con calma lo que sucedió, esto le ayudará a verse a sí mismo tal como es.

Eso fue lo que mi esposa hizo por mí, y fue lo único que más me ayudó a lograr la sobriedad. No tenía ni la menor idea de lo alejado que estaba de mis propios ideales hasta que una mañana mi esposa se me acercó y me contó lo que yo había hecho la noche anterior. Apenas terminó de decírmelo, se disculpó y se retiró tranquila para que yo mismo resolviera lo que iba a hacer al respecto.

No obstante, al alcohólico se le debe permitir sacar sus propias conclusiones. Si le hace saber el aspecto que tenía, la forma en que actuaba y el concepto que por esto tiene usted de él, no será eficaz. Recurrirá a la vieja excusa: “Me está regañando nuevamente”, y así tendrá un motivo de queja contra usted, el cual lo mantendrá firme durante este mal rato.

Si la esposa no conoce el programa de Al‑Anon, automáticamente supondrá que el alcohólico podría, con sólo quererlo, alcanzar la sobriedad y comportarse mejor, por lo que lo regañará cuando vuelva ebrio a casa. Cuando la etapa alcohólica desaparezca, dudará en mencionar aun aquellos problemas que son urgentes por temor a darle la razón para otra borrachera.

Esto nos hace recordar acerca de una reunión que estimuló a los miembros a examinar sus propios motivos y a entender cómo estaban actuando en la comunicación con sus cónyuges. El tema fue:

¿Dices lo que piensas?
¿Piensas lo que dices?

Muchas de las dificultades en lograr una buena comunicación yacen no solamente en el alcohólico sino que también en su cónyuge. Las tensiones y las incertidumbres en las que vive todos los días (el terror, el temor, la ira) han deformado tanto su capacidad de pensar que muchas de sus reacciones son emocionales y a menudo destructivas.

La Coordinadora les preguntó a los miembros: ¿Por qué no decimos lo que pensamos? ¿Por qué no somos lo suficientemente honestos para encarar al difícil cónyuge con algunas verdades? Seguramente serán muy obvias, pero si no le hacemos saber al alcohólico cómo nos sentimos con respecto a las cosas, ¿cómo podrá enterarse? ¿Qué es lo que lo motivará a que encuentre la sobriedad si le hacemos creer que su comportamiento es aceptable?

Cada persona habló a su debido tiempo. Las siguientes fueron las respuestas:

No digo lo que pienso porque quiero evitar peleas y problemas. Supongo que no he aprendido a distinguir entre decir cosas que critican y que son desagradables, y hacer simples afirmaciones sobre una situación que las aclarará sin lastimarle a él los sentimientos.

La siguiente persona dijo:

Me da temor decirle lo que pienso. Generalmente sólo pienso en criticarlo por lo que está haciendo, y sé que esto está mal ya que él se encuentra enfermo. Sin embargo, cuando está sobrio es tan simpático y bueno que odio mencionar las cosas desagradables que pasaron. De todos modos, ¿no se supone que debemos de aplicar este programa a nosotras? Decirle cómo nos sentimos por su actuación me parece que es lo mismo que hacerle su examen de consciencia.

Al comentar sobre estas dos respuestas, la Coordinadora dijo:

Ustedes saben que no se puede lograr ninguna mejoría si no somos constantes. Si no tenemos el valor de hablar cuando el alcohólico está sobrio, él continuará creyendo que no hay límites para nuestra tolerancia. Pero debemos saber lo que pensamos antes de poderlo decir de manera convincente. No podemos ignorarlo y ocultar la cabeza bajo un manto de esperanza. Nuestros esposos tienen el derecho de saber lo que esperamos de ellos. A ellos les toca decidir si quieren o no cumplir con lo que esperamos de sus acciones. Es deshonesto no decirles cómo nos sentimos. Es simplemente otra forma de simular que aceptamos la situación cuando no es así. Esto es una falsedad. Si queremos que el alcohólico se enfrente a la realidad, nosotras debemos enfrentarla primero, y no tener miedo de compartir nuestros sentimientos. No creo que esto sea lo mismo que fastidiar, siempre y cuando no se lo estemos repitiendo, y no creo que sea lo mismo que hacerle su examen de consciencia. ¿Qué piensan ustedes?

La miembro a quien le correspondía hablar, enfatizó:

Es malo evitar decir lo que pensamos, pero es peor todavía decir lo que no pensamos. La vieja costumbre de “poner el grito en el cielo” cuando mi esposo bebía me duró bastante tiempo después de que él lograra la sobriedad con la ayuda de A.A. Respondía ante cualquier cosa que me molestara con las primeras palabras rudas que se me vinieran a la mente. Olvidaba
que él estaba recuperando parte de su autoestima por tanto tiempo perdida, y entonces decía algo hostil que lo hería. Me di cuenta de que lo quería herir por todo lo que me había hecho pasar. Pero estoy sobreponiéndome de eso. Comencé a tener consciencia de que las cosas hirientes que le decía realmente lo dañaban, porque él las creía aunque del todo no eran lo que yo quería dar a entender. A medida que pasa el tiempo estoy mejorando, pero constantemente debo tener presente esto: “No lo digas a menos que eso sea lo que piensas”, y esto me ha evitado decir muchas cosas que luego desearía no haber dicho.

Lo que surgió de este encuentro fue sintetizado por la Coordinadora así:

Podemos decir lo que pensamos sólo si tenemos la valentía de ser honestas con nosotras mismas y con los demás. Debemos saber por qué lo decimos. Si es para impresionar, para subestimar, para transmitir nuestra autocompasión y resentimiento, no debemos decirlo; eso sólo agrandaría la ruptura, ¡y lo que queremos es eliminar ese trecho! Podemos dar a entender lo que decimos sólo si evitamos las afirmaciones imprudentes antes de que se forme un clima de tensión.

Vayamos ahora a casa y tratemos la mejor forma de decir lo que realmente pensamos y de no decir lo que no pensamos.

¿Qué es lo que comunicamos con nuestras acciones?

Puede ser que el decirle al alcohólico lo que esperamos y cómo nos sentimos no nos haya producido ningún resultado. Quizás nos ignore como si no le hubiéramos dicho nada. Hablar más sería fastidiar. Por consiguiente, a veces sentimos que es necesario hacer algo.

Esto también es una forma de comunicación. Dice así: “Respeto tu derecho a vivir en la forma que quieras; pero yo también tengo ese derecho. No permitiré que tu alcoholismo sea lo más importante en mi vida”.

Esta discusión, típica de una reunión de Al‑Anon, sugiere diferentes modos de enfrentar tal dificultad:

Todas las tardes cuando mi esposo sale del trabajo y se detiene en un bar, no hay forma de saber cuándo va a aparecer. Si ceno con los chicos a la hora de siempre, a lo mejor llega cuando apenas estamos terminando. Entonces se indigna muchísimo porque no lo esperamos. He tratado de prepararle su comida y conservarla caliente, pero a eso de las diez o las once ya se ha disipado. Esto le enfurece de tal forma que es capaz de tirármela con todo y plato. Sé que no le puedo hacer entrar en razón, así que, ¿qué hago?

Un miembro contesta:

Dígale, en una oportunidad en que esté sobrio que quiere que sus hijos coman a una hora determinada, y que usted quiere hacer lo mismo; por lo tanto, comerán a las seis esté él o no en casa.

Otra persona dijo:

¿Para qué decirle nada? Las acciones dicen más que las palabras. Si tiene tiempo suficiente para llegar a su casa a las seis en punto después de salir del trabajo, fijen su hora de cenar a las seis y coman, haya llegado o no.

Una tercera persona replicó:

No estoy de acuerdo. Es cierto que “las acciones dicen más que las palabras”, pero si no se le dice nada cuando está sobrio, él no sabrá qué esperar. Usted le hará una escena la próxima vez que llegue tarde, y es imposible razonar con él cuando ha estado bebiendo. Podrá explicarle que ha tomado esta decisión no porque no quiere que cene con la familia (ya que esto sería castigarlo) sino que usted piensa que a los niños les hace bien tener un horario estable. Esto es evitar que la familia esté pendiente de su alcoholismo.

Un esposo manifestó:

Después de trabajar mucho todo el día, yo llegaba a casa y encontraba a mi esposa tan ebria que no podía prepararnos la comida a mis niños y a mí. Durante un periodo en que mi esposa no bebía, me senté y hablé con ella de la forma más calmada y sensata que pude. Le dije que ella era la única que podía hacer algo con respecto a su alcoholismo, pero que yo podría tomar algunas medidas para evitar que su alcoholismo nos afectara a los niños y a mí en cuanto a las comidas.

Me puse de acuerdo con una vecina para que viniera a hacernos la comida. Esto continuó durante tres semanas. Luego mi esposa me pidió que le diera otra oportunidad. Aunque todavía se embriaga casi todas las noches, ahora por lo menos espera hasta después de preparar la comida. Pienso que esto es un caso de “cambiar las cosas que podemos”.

Estas sugerencias tienen ciertas cualidades en común: son honestas y sinceras, son valientes y firmes, su intención no es culpar ni criticar a nadie, y son corteses.

Es una tarea muy difícil, pero la comunicación que cuenta con estas cualidades logrará varios fines: Confirmará nuestra individualidad y dignidad; la persona que las escucha no puede confundir su significado; no contiene rastros de remordimiento causado por la injusticia.

Formas de enfrentar la ira

El alcoholismo hace que aumente diariamente nuestro resentimiento. El resentimiento crea la ira, y nuestra ira debe terminar para bien de nuestra salud y de nuestro desarrollo.

Vivir con un alcohólico puede ser algo muy frustrante, y produce un conflicto tras otro. Aun después de que la esposa ha comenzado a asimilar y a utilizar los principios de Al‑Anon y ha aprendido a evitar las discusiones para no empeorar la situación, la conducta del alcohólico muchas veces la hará rebosar de ira.

Tanto antes como después de que se haya logrado la sobriedad, el alcohólico puede decir y hacer cosas que la incomoden. El resentimiento puede convertirse en ira interna no expresada, o en constantes rabietas sin sentido en las que entre nosotros somos más explosivos o temperamentales. Si dejamos que este comportamiento autodestructivo continúe, no podemos esperar un verdadero
desarrollo espiritual ni emocional.

A medida que logramos comprender más profundamente el programa de Al‑Anon, aprendemos formas más saludables de desahogar nuestros sentimientos de hostilidad por medio del análisis y la revelación de sus causas. De otra manera, estos pueden tener dos consecuencias indeseables:

  1. Que reprimamos la ira, con lo cual hacemos que se revierta hacia nosotros y nos cause un amargo resentimiento, lo que nos puede enfermar física y mentalmente.
  2. Que nos “desquitemos” con los demás por lo que sentimos, especialmente con nuestros hijos, cuyo desarrollo saludable puede ser seriamente dañado por un padre hostil y poco sensato.

Una miembro explicó lo siguiente en una reunión de Al‑Anon:

Cuando vine por primera vez a Al‑Anon, víctima maltratada y derrotada de tantos altercados con mi esposo cuando bebía, escuché una frase y me aferré a ella:

“¡Quédate callada a pesar de lo que él diga!”

Creí que esas eran las palabras mágicas que necesitaba, por lo que empecé de inmediato a ejercer el control propio cuando él bebía. Creí ser la imagen de la serenidad. No obstante, parecía que eso lo enfurecía aún más; él quería que yo ayudara a provocar un altercado como de costumbre.

Lo peor, sin embargo, fue lo que esto me causó. Me hizo sentir tan frustrada, tan furiosa, que comencé a desquitarme con los niños. Las cosas más insignificantes que hacían me molestaban: un poco de leche que se derramara, o una pelea infantil era suficiente para que cayera en una furia incontrolable, hasta que me agotaba y me sentaba temblando de miedo por lo que mi mal genio les estaba causando a mis pequeños. Me di cuenta de que los estaba castigando por lo que me habían hecho a mí. Sabía que tenía que encontrarle otras salidas a esos sentimientos.

Poco tiempo después tuve la buena suerte (o tal vez así es como suceden las cosas en Al‑Anon) de escuchar a una persona de otro grupo contar una historia muy semejante a la mía. Nos contó lo que hizo con su ira en lugar de reprimirla o de desahogarla con víctimas inocentes. Aquí está su historia tal como me la escribió después para ayudarme a resolver mi problema:

Cuando mi esposo bebía, peleábamos muchísimo. Me doy cuenta ahora de que a menudo era yo la que comenzaba a pelear cuando venía a casa tomado. Pero el resultado era siempre el mismo. Terminaba furiosa e imposibilitada de hacer algo.

Para eliminar mis horribles sentimientos (¡la ira me daba mucha energía!), iba al jardín y cavaba la tierra. Simulaba que estaba cavando una tumba para mi esposo; ¡no puedo decirles con qué frecuencia lo enterraba en el jardín! Finalmente contaba con un hermoso pedazo de tierra listo para sembrar. Una vez que empezaron a crecer las flores y las verduras y dejé de cavar, sentí un gran alivio al sacar la mala hierba y simular que esta era su cabello. Durante todo el verano solía traer mis resentimientos a Al‑Anon, ¡en forma de ramos de flores!

Podrías sentir ganas de degollar a alguien. El picar un poco de verduras para hacer encurtido te da la misma satisfacción; además, constituye una ventaja.

Cuando uno se siente con ganas de fastidiar a alguien, puede usar esa energía en restregar el piso o lustrar los muebles. Para lograr un buen desahogo, un miembro de mi grupo recomendó amasar pan. Toma esa bola de masa, la aporreas y la golpeas, la levantas y la aplastas sobre la tabla, y la amasas, la estiras como si estuvieras descuartizando a alguien, y el resultado es una cantidad de panecillos caseros deliciosos, de un olor muy agradable; un buen dividendo que se obtiene al tratar de eliminar nuestra ira.

Cualquier ejercicio fuerte es un buen escape para nuestra ira. Deportes como los bolos, el golf o el tenis son muy buenos para relajar nuestra hostilidad. Además, el concentrarnos en ganar el juego hace que tengamos nuestras mentes libres de pensamientos tormentosos.

Una amiga mía me contó que tenía un lenguaje agresivo y había desarrollado un vocabulario socialmente inaceptable, el cual también usaba a menudo con sus hijos. Alguien le sugirió que se liberara de sus arranques verbales cuando estuviera en la ducha, y así lo hizo. Se dio cuenta de que podía decir todo lo que quería, y esto le daba una doble ventaja: ¡salía limpia de cuerpo y alma!

Otra amiga nos cuenta que desahoga su cólera escribiendo todo lo que quiere decir. Si podemos hacer esto, podemos ser tan violentas como se nos ocurra, pues de todas maneras nadie más lo verá.

Lo importante es que la ira es una reacción natural ante una situación frustrante. Quizás no podamos controlar lo que sentimos, pero sí podemos controlar lo que hacemos. Enfrascar nuestra ira destruye nuestra tranquilidad, y esto a menudo se manifiesta físicamente en forma de dolores de cabeza, de espalda y otros malestares. La ira debe admitirse y liberarse tan
pronto como sea posible y sin sentir culpa.

Por supuesto, debemos recordar que nunca debemos condenar al alcohólico por estar enfermo, pero esto no hace que sea más fácil soportar sus actos. Podemos encontrar un camino que nos lleve a mantener una comunicación calmada y razonable con él, aunque esto sólo lo lograremos si encontramos formas sanas de deshacernos de nuestros propios sentimientos negativos.

¿Qué es lo que comunicamos con nuestra actitud?

Tanto se ha dicho sobre la comunicación verbal que podemos perder de vista otro elemento importante al comunicarnos: nuestra actitud, aparte de las palabras que decimos.

Si la actitud expresa una consciencia amorosa, o incluso una tolerancia razonable hacia la persona a quien le hablamos, lo que decimos puede ser que caiga en oídos receptivos. Si, por el contrario, es una acusación enojosa, o una crítica, la situación empeorará. Un ejemplo simple podría ser el que una esposa irritada le lance una crítica a su esposo de la misma forma en que le lanzaría una piedra a un perro. Su actitud lo airaría de inmediato y se iniciaría un completo pleito.

Si en realidad siente por él el desprecio que expresa en su manera de comunicarse, este bien puede ser un síntoma de su propia enfermedad y de su necesidad de una guía curativa tal como la que proporciona Al‑Anon.

Puede ser que las palabras que digamos sean las más amables, pero si el “lenguaje corporal” es agresivo, desmiente lo que decimos. Si evaluamos honestamente nuestro comportamiento, nos daremos cuenta del valor que tiene el excluir cualquier justificación propia que pase por nuestra mente.

Quizás reprimamos cosas que necesitan salir a la luz porque dudamos de nuestra habilidad para manejarlas tranquila y razonablemente: tememos que el tema sea controversial y dé lugar a un pleito. Con el tiempo aprendemos que lo controversial no está en los temas, sino en el modo en que nos comunicamos con respecto a ellos y en los elementos de culpabilidad personal que les agregamos cuando sentimos ira.

Una noche, en una reunión de Al‑Anon, un miembro planteó una pregunta difícil, y los demás la comentaron y dieron sugerencias sobre cómo se hubiera podido enfrentar esa dificultad.

Cuando mi esposo regresa a casa ebrio y, por supuesto, con la mente completamente en blanco, casi todas las cosas le provocan ira. No niego que a menudo soy yo la que inicia el altercado. Estoy tratando de solucionar este problema, y creo que he progresado en el sentido de evitar hablar en el momento inadecuado y en forma inoportuna. No obstante, anoche tuve una recaída. Le hice una crítica que lo enfureció y, cinco minutos después, casi destruye la cocina por completo, además de haber hecho un gran agujero en la pared.

Ninguno de los dos dijimos ni una palabra en el desayuno de esta mañana. Estaba con los efectos de la borrachera de la noche anterior y evidentemente enfermo. Me sentí tan apenada por él, que mi primer impulso fue confortarlo tratando de aclararlo todo. Sabía que no debía hacerlo, pero tampoco lo quería lastimar. ¿Qué debería haber hecho? ¿Qué hago ahora?

Respuestas del grupo:

N.º 1: Si él lo plantea, responda lo que le pregunta de manera perfectamente realista, como si se diera por sentado que él hizo eso cuando no estaba en sus cabales. Si su actitud demuestra que no lo culpa, esto será mucho más efectivo que entrar en detalles, y así existe menos probabilidad de que usted lo ponga a la defensiva.

N.º 2: Si él no dice nada, espere un par de días, y luego diga, con la mayor calma: “Creo que voy a llamar al albañil hoy para arreglar ese agujero. ¿Qué te parece?, ¿o crees que lo podemos hacer nosotros?”

N.º 3: No estoy de acuerdo. Yo dejaría el agujero para que le recuerde lo que hizo hasta que le moleste tanto que él lo tenga que arreglar.

Esta última respuesta ocasionó un vendaval de protestas. Tres levantaron la mano:

“¡No olvide que el alcohólico está enfermo!” – “¡Nosotros no debemos castigar; el alcohólico se castiga bastante él mismo!”– “Eso sólo empeorará las cosas”.

La Coordinadora restableció el orden y continuó con la siguiente miembro, quien sugirió que la señora le dijera:

Cuando a una la invade una de esas furias incontrolables, una siempre teme que pueda lastimar a uno de los chicos. A él se le debe hacer tomar conciencia de las consecuencias tan serias que puede ocasionar su alcoholismo.

Uno de los hombres tomó la palabra:

Las amenazas de peligro inminente nunca han logrado que un alcohólico deje de beber.

Una miembro de Al‑Anon de muchos años que había estado escuchando la discusión pacientemente, pidió la palabra:

Me parece que lo importante es que no asumamos las consecuencias que la bebida le causa al alcohólico. Para mí, esto simplemente se reduce a que él hizo un agujero en la pared y, por lo tanto, lo deberá arreglar si puede, o de lo contrario, pagar para que lo arreglen si es que él no puede o no quiere hacerlo.

Algo similar me sucedió a mí, sólo que mi esposo cayó sobre una silla en la cocina y la rompió. Al día siguiente le dije: “Anoche caíste sobre la silla y la rompiste. “¿Me haces el favor de arreglarla?” Ninguna crítica, simplemente hechos evidentes: lo hiciste, lo arreglas. Como estaba calmada y no lo regañé, no sintió la necesidad de defenderse. Se sintió mal por lo que había hecho y estaba muy feliz de tener la oportunidad de repararlo.

Finalmente también se hizo la sugerencia de que, en cualquier caso de violencia, debemos de llamar a la policía.

La mayoría de estas sugerencias son razonables, pero ella es la única que tendría que tomar su propia decisión con base en las relaciones con su esposo. El común denominador, esencial en la forma de pensar en Al‑Anon, es que no debe culparse al enfermo alcohólico, ni con palabras, ni con la actitud.

Cinco sugerencias que nos sirven de guía en la comunicación

Una señora miembro de Al‑Anon una vez comentó que había preparado una pequeña lista de procedimientos sobre la comunicación con su esposo, un alcohólico que se mantuvo bebiendo por largo tiempo y que por fin gozaba de una completa sobriedad. Fue invitada para que hablara sobre sus procedimientos de instrucción propia, y esto fue lo que dijo:

Discute, no ataques. Cuando mi esposo todavía estaba en medio del alcoholismo activo, esta regla evitó muchos pleitos que hubiesen empeorado las cosas. Sin embargo, cuando logró estar sobrio y comenzaron a aparecer los problemas de personalidad, ciertamente necesité este procedimiento. El alcohólico sobrio es extremadamente sensible a la crítica, y cuando su sobriedad es reciente, su autoestima es todavía muy frágil. Está tan a la expectativa del rechazo, que se lo imagina aun cuando no existe. Cualquier cosa que le pudiera decir que se le pareciera a una crítica de él como persona, lo haría reaccionar emocional y defensivamente. Si tengo un motivo de queja, le digo simplemente cómo me afecta. Si es algo sin   importancia y aun así se molesta, a veces digo: “Sé que esto es insignificante, pero como de alguna forma me desagrada, pensé que querrías que te lo contara”.

Mantén la voz suave y agradable. Tuve mucha experiencia en hacer lo contrario, hasta que me di cuenta de que cuando uno se exalta, levanta la voz, y entonces hay problemas. Si algo que yo decía lo hacía reaccionar con gritos, simplemente me retiraba de la habitación. Eso lo hacía enojarse más, y por un rato me seguía y gritaba: “¡No te atrevas a dejarme cuando te estoy hablando!” No obstante, gracias a Dios, al fin lo convencí, hablándole con voz baja, de que nuestros días de gritos ya se habían acabado, y cualquier persona se sorprendería al ver la diferencia que hay en nuestro hogar.

No te salgas del tema. Cuando comenzaba a decirle algo, parecía que siempre aprovechaba la oportunidad para decirle otras diez cosas que le había querido mencionar. Por último me senté a pensar: “Una cosa a la vez es más que suficiente. Si confundo el asunto, terminaremos peleando por su primo Pepe y por mi tía Carlota”.

Escucha sus quejas. Cuando me toca a mí recibir las quejas, me mantengo receptiva a lo que él dice, teniendo presente que quiero estar calmada, con una mente abierta y sensata. Quizás me esté diciendo algo que necesito saber para mejorar mi persona.

No le exijas. Simplemente le expongo el caso sin decirle cómo creo que debe resolverse. Si él quiere hacer algo para resolverlo, es libre de solucionarlo por su propia cuenta. Si no quiere, el decirle lo que debe hacer sería discutir sobre una solución en lugar de discutir sobre el problema. Al dejarle que él elija, la puerta está abierta para llegar a un acuerdo mutuo sobre el problema. Créanme que fue difícil sobreponerme a la idea de que “mi forma de hacer las cosas era la única forma correcta”.

Una palabra clave en la comunicación

Esta es la historia de una miembro de Al‑Anon que hizo un descubrimiento interesante de una pequeña palabra y de lo que esta le sirvió.

Después de que mi esposo encontró la sobriedad en A.A., pasé al acostumbrado período en que todo se ve color de rosa, del que tanto escuchamos hablar. A pesar de que tenía cuatro años de asistir a Al‑Anon, mi actitud podía ser resumida así: ¡He ganado esta batalla!

Había leído todas las publicaciones. Rara vez perdía una reunión. Entonces, ¿quiero saber por qué me llevó tanto tiempo el ver la luz? Por fin me he dado cuenta de que nunca había aceptado ni aun el Primer Paso. Siempre estuve aferrada a la idea de que mi único propósito era ganar la batalla con mi esposo y obtener su sobriedad.

Nadie podía aconsejar a la recién llegada mejor que yo. “Suelta las riendas –le decía yo– el problema no es tuyo. Él está enfermo. Tienes que superar tus propios defectos de carácter y aprender a soltar las riendas”.

Supuse, como muchas esposas lo hacen, que el estar casada con un hombre significaba estar a cargo de él. Sentía que él me pertenecía, y de alguna manera lo amoldaba a mi forma de vivir y de pensar.

Ahora sé que él hubiera podido encontrar ayuda mucho antes si yo hubiera seguido el consejo que con tanta libertad les di a otras personas.

Así que ahí estaba yo, con mi esposo sobrio, flotando triunfante en mi nube rosada.

Poco a poco descubrí que no lo había conquistado. No cambié la forma de proceder. Trataba de decirle a cuántas reuniones de A.A. debía asistir; lo dirigía de mil formas en cuanto a asuntos menores de nuestra vida diaria. Me resentía ante su resistencia, la cual crecía a medida que él se dedicaba al programa de A.A.; y cuanto más se resistía, más peleaba yo.

Nuestro matrimonio había fracasado como tal hacía tiempo debido a su alcoholismo. Naturalmente, estaba esperanzada en que volviéramos a una forma normal de vida ahora que él estaba sobrio, pero no lo hicimos, y yo no podía entender por qué, porque no comprendía lo que realmente era Al‑Anon.

Le echaba la culpa de su frialdad a su interés por las mujeres de su grupo. Cada vez me ponía más celosa y suspicaz. Controlaba sus llamadas telefónicas, le revisaba sus bolsillos, lo seguía. Por último me volví más frenética y estaba emocionalmente más perturbada que cuando él bebía. Nuestros pleitos se convirtieron en batallas campales, y después de cada uno, me sentía más desesperada por la situación.

Ellos hablan de tocar fondo. Yo toqué el mío. Me di cuenta de que lograr la sobriedad en A.A., era sólo el comienzo y de que yo misma tenía que hacer algo por mí.

En mi desesperación absoluta, recurrí a Al‑Anon como alguien que se estuviera ahogando por tercera vez. Algo me hizo abrir la mente ante los elementos de comprensión que nunca había aceptado antes:

Primero: Que mi esposo era un ser individual, una persona claramente aparte, un hijo de Dios, y no de mi propiedad.

Segundo: Que mi actitud dominante estaba destruyendo nuestra relación; si es que ya no estaba totalmente destruida.

Tercero: Que enfrentaría mi problema de una forma muy simple y dejaría el resultado en las manos de Dios, a quien este siempre le había pertenecido.

Lo hice con una sencilla palabra: cortesía.

La gente que en general tiene buena disposición, no tiene dificultad en ser cortés ni con los extraños ni con los amigos. Es cuando nuestras intensas emociones se entremezclan que nos balanceamos hacia los márgenes del péndulo: a los extremos de demostrar afecto o desaprobación. Estamos tan plenamente involucrados que tratamos a aquellas personas más cercanas como si fueran parte de nosotros; cuando hacen cosas que no nos gustan, nos peleamos con ellos en lugar de pelear contra nuestros propios defectos.

Tener presente la palabra “cortesía” me ayudó a recordar que mi esposo es otras cosas además de ser esposo. Él es un hombre, una persona, un individuo; es un hombre que trabaja, que se gana la vida. Es una persona que ayuda a la gente que tiene problemas en A.A. Él es una persona con una experiencia de la vida totalmente distinta a la mía; es una mente, un alma, un cúmulo de emociones, único en todas sus formas. Él es una persona a la que hay que respetar, considerar y tratar siempre con cortesía.

De acuerdo con lo que he observado en muchos matrimonios, incluso en los que son bastante felices, la verdadera cortesía es muy escasa: esa deferencia que le debemos a todas las personas y particularmente a aquellas que amamos. Puede haber intimidad, unión, pero lo que rara vez encontramos es esta actitud particular y alentadora de la cortesía.

Parece ser algo tan pequeño, pero a mí me sirvió para cambiar completamente mi punto de vista sobre mi esposo y nuestro matrimonio. La reflexión me llegó en el momento en que más la necesitaba, cuando una amiga me prestó un libro de Kahlil Gibran titulado El Profeta, en el cual habla del matrimonio de esta forma:

“[…] dejad que haya espacios en vuestra unión. […] Amaos el uno al otro, pero no hagáis del amor una cadena; […] Compartid vuestro pan, pero no comáis del mismo trozo. […]”

He aprendido que la cortesía genera cortesía. Lo hace sentir a uno más satisfecho consigo mismo. Hace que otros, especialmente los más cercanos, reconsideren sus propias actitudes.

Esto me ha servido de ayuda; y te servirá también a ti si tienes la disposición y la paciencia para intentarlo.

 

2017-08-09T16:42:06+00:00 agosto 9, 2017|Categories: Capítulo de muestra, Para cónyuges y parejas alcohólicos|0 Comments

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